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Quiero llevar uñas de porcelana

Corría el año 1984, (en ese tiempo todavía se llamaban así: uñas de porcelana) y un domingo leí en el suplemento del periódico, un reportaje espléndido sobre las uñas esculpidas, acompañado de unas fotografías de uñas perfectamente realizadas. No tardé ni un minuto en decidirme: “quiero esas uñas”. Cuatro años atrás ya me las habían ofrecido en mi peluquería habitual, pero no eran de mi agrado, por no decir que me espantaban, pues eran gruesas y parecían garras. Mi concepto de las “uñas de porcelana” cambió radicalmente ese domingo.

El lunes a las 10 de la mañana estaba yo frente a la recepcionista del Salón de Uñas solicitando mi servicio instantáneo, por un precio de 6.900 pesetas y de una hora y media de duración. No podía ser, estaba la agenda totalmente ocupada para las cuatro técnicas que allí trabajaban durante toda la semana pero me podían dar una cita para la semana siguiente. Fue tal la decepción que sufrí por no poder disfrutar de las uñas en ese momento, que perdí la compostura y la vergüenza y supliqué que hiciera lo que fuera porque no podría soportar la espera. En la misma sala de recepción se encontraba una señora muy comprensiva, esperando a que la atendieran por primera vez, que se compadeció de mi y me cedió su cita amablemente. Le di mil gracias, pero no era suficiente agradecimiento para la satisfacción enorme que me produjo su favor. Mis uñas tenían una base muy pequeña por habérmelas mordido durante mi infancia, sumado esto a mi genética por supuesto y no me podían hacer uñas muy largas porque corría el riesgo de que se me partieran o despegaran por falta de hábito. Tendría que esperar unas cuantas sesiones para llevarlas mas largas, pero no importaba, salí de allí con uñas preciosas esmaltadas en rojo granate que era la ilusión de toda mi vida.

Quiero aclarar que tenía yo 24 años nada mas y desde muy pequeña se me iban los ojos detrás de las manos de las dependientas de El Corte Inglés y Galerías Preciados, que llevaban por entonces las uñas largas y pintadas en rojo. Suponía que la gran mayoría de la gente sentía lo mismo que yo y por eso decidí que no cogería un taxi para regresar a casa, ni el metro que iba abarrotado, cogería el autobús pero no sentada, que había sitio libre…, de pie, agarrada a la barra vertical y mirando hacía otro lado para que la gente pudiera admirar mis uñas sin sentirse agobiada por mi presencia. De verdad que ha sido un momento corto pero muy intenso y de mucha felicidad en mi vida.