Memorias una Técnica de Uñas. 3º Cap.

violetasNo podía parar de mirar mis uñas, de frente, de lado, con la mano cerrada, con ella estirada… Lo cierto es, que aún ahora sigo haciéndolo, cada vez que me hago las uñas, las miro y remiro como si fuera la primera vez. Lo que ya no hago es repicar la punta de ellas sobre la mesa, porque me he dado cuenta que se dañan y duran menos, pero en aquellos primeros momentos, era vivir una sensación nueva y fantástica, era tener uñas largas.

Por esos días, no mantenía una buena relación con mi familia, pues hacía pocos meses que me había separado de mi marido y era poco menos que una proscrita y cuando digo mi familia me refiero a mi madre que era la que dirigía y controlaba el hogar y por lo tanto a todos los componentes del mismo. Tenía que ir acompañada de mi ex-marido si quería entrar en su casa, para que los vecinos no sospecharan de mi separación y hubiera habladurías, porque por aquel entonces a pesar de haber pasado un calvario durante mi matrimonio, yo era considerada el verdugo y no la victima. Cuento esto porque si hubiera estado sometida al yugo de la familia (madre y marido) no habría podido tomar la decisión de ponerme estas uñas, sin mediar alguna que otra bronca o presión para impedírmelo, por el dinero que costaban y sobretodo por lo desconocido de la adquisición. Este alejamiento de la familia me permitió disfrutar de mis uñas, física, mental y emocionalmente.

Nunca miraba la tarjeta donde me apuntaban la cita siguiente, no lo necesitaba, tampoco tenía agenda, ni teléfono móvil, ni ipad donde apuntar la cita; recordaba perfectamente el día y la hora en que de nuevo me volverían a arreglar mis uñas, aunque hubieran pasado tres semanas.

Era viernes, regresaba a casa después de que me hicieran el relleno de mis uñas y ese día, por casualidad, sí mire la tarjeta y observe que aparte de los datos habituales como dirección y teléfono, había una inscripción donde se leía:  Salón y Academia; Academia…, volví a leer mientras pensaba, no no pensaba, decidía que yo quería aprender a hacer esas uñas e inmediatamente cogí el teléfono y marque el número que aparecía en la tarjeta.

Uñas Judy Cray digamé?- respondió una voz con acento norteamericano. Era ella la persona que impartiría el curso y me explicó en que consistía el curso: 4 meses, 5 días a la semana, 4 horas cada día y 120.000 pesetas (720 €). El curso comenzaba el lunes, con un cupo de 12 alumnos y ya había 11 matriculados (lo escribo en masculino de forma generalizada, no por machismo, pues había un alumno). Ya eran las 12 de mediodía y no podía pararme a pensar si me convenía o no, corrí hacia el banco, saque el dinero y en un taxi me dirigí rauda a matricularme para el curso de uñas esculpidas.