Memorias de una Técnica de Uñas. Capítulo 25

cebra trugelPor eso, cuando yo le proponía ir a buscarle en el coche para llevarle a casa, siempre me decía que no hacía falta, que prefería coger el autobús y siempre llegaba dos horas después de lo previsto.

Aunque el difunto tenía carnet de conducir, yo no le dejaba usar el coche habitualmente o mejor dicho cuando iban mis hijos o yo misma en el interior. Lo reconozco no soy una buena consorte, porque mi prioridad siempre son mis hijos y recientemente habíamos tenido un accidente de coche, provocado por su ineficacia e irresponsabilidad al volante. Nos dirigíamos a la casa de mis padres en la sierra, en un día de lluvia, de mucha lluvia. No quedaban apenas veinte kilómetros para llegar a nuestro destino, en una zona de bastantes curvas, cuando él empieza a acelerar cada vez mas, saltándose los límites de velocidad, cosa que no le iba a criticar en el caso de que fuera un buen conductor o de que no lloviera, pero no se cumplían ninguno de los dos supuestos y le insistí varias veces en que levantara el pie del acelerador sin conseguirlo. Cuando me di cuenta de que teníamos un coche pegado a la parte posterior del nuestro de manera que no se veía su morro, le dije que le dejara adelantar, que si esa persona se quería matar que lo hiciera pero que no nos matara él a nosotros, su respuesta fue que no lo iba a consentir y en ese momento, en una curva que limitaba la velocidad a 60 km/hora y nuestro cuenta kilómetros marcaba 120, nos salimos de la carretera, cayendo por un pequeño terraplén y yendo a estamparnos contra la valla de un chalet.

No recuerdo como salí del coche, porque mi puerta estaba bloqueada, ni como saqué a mis hijos del mismo. Lo que recuerdo es que mi bebé de solo tres meses lloraba mucho, creo que al despertar bruscamente por el impacto,  que mi hijo sangraba por la nariz y el difunto lo único que supo hacer,  porque quizá es lo único que sabía  hacer, fue sacar la bolsa con el equipo de fotografía que estaba en el maletero, colocarse la cámara en la mano y empezar a tomar fotos del accidente, ignorando nuestro estado de shock. Fue a raíz de este suceso, cuando le impedí que volviera a conducir, llevando a mis hijos con él.

Habían pasado dos meses y estaba tan ocupada con el trabajo en la tienda, los cursos de uñas, los reportajes, la casa y los niños, que todavía no había podido ocuparme del tema sentimental, pero el destino se encarga de ello y me puso en bandeja la ocasión un día que tuve que hacer un trabajo fotográfico para un concesionario de coches. Sin proponermelo, finalicé el trabajo justo a la hora que él tenía que cerrar la tienda y juro que inocentemente volví a llamarle para ofrecerme a llevarle a casa en coche y  de nuevo volvió a rechazar mi oferta. Fue en ese momento cuando pensé que era la hora de ver con mis ojos, lo que el palpito de mi corazón me decía.

Desde la nave de mi cliente hasta mi casa, el camino mas recto pasaba por delante de la tienda de fotografía del difunto y como se suele decir, la ocasión la pintan calva; agarre por los pelos la ocasión y aparqué mi coche enfrente de la tienda, al otro lado de la calle en una zona que había arboles y ninguna farola. Eran justo las ocho de la tarde en un día del mes de Diciembre y mi coche de color gris oscuro, así que pude quedarme tranquilamente en el interior sabiendo que era imposible que me divisara , mientras que  yo podía ver exactamente todos sus movimientos y no eran precisamente los que se hacen cuando estas dispuesto a echar el cierre.