Memorias de una Técnica de Uñas. Capítulo 24

cumpleaños manicurasComo de costumbre, puse toda la carne en el asador y me embarqué en el proyecto, añadiendo toda mi pasión,  mi dinero y el que me prestó el banco, empezando una nueva andadura que hizo que tuviera que abandonar mi trabajo como técnica de uñas, pues aunque llevo solicitando al Universo que el dia tenga 48 horas, aun no ha sucedido, pero algunas clientes, no quisieron dejarme y empezaron a venir al local de fotografía, todas excepto una, que iba yo a su casa porque no quería conducir  y que se llamaba Antonia, para todos conocida como Sara Montiel.

Ya por entonces se empezaba a hablar mal de las uñas esculpidas, que si dañaban la uña, que las uñas tenían que respirar, que si producían hongos, etc. Fue por estos motivos por los que decidí empezar a dar cursos y comencé una cruzada en la que aun hoy me veo embarcada, sin haber conseguido mi propósito, pues cuando yo doy un paso adelante, la gente que no ama las uñas y utiliza esta profesión como una mera vía de hacer negocio a costa de lo que sea, dan tres pasos y como mis cursos son de mucha duración y de un precio, por lógica mas elevados, ocurre lo típico en estos casos, que las alumnas/os prefieren un curso de tres días y mas baratitos, cosa que no critico pues cada uno tiene derecho a gastar su dinero donde quiera pero esto hace que cada vez haya mas técnicos malos y menos buenos.

Entonces estamos en que trabajaba en la tienda del Centro Comercial, salía a hacer reportajes cuando algún cliente lo requería,  hacía uñas en el local a algunas clientes y daba cursos, por cierto en una distribuidora de productos para estética que todos conocerán en Madrid, que se llama Nueva Visión. Sí trabajaba demasiado pero para poder mantener los gastos que ocasionaba un local en un Centro Comercial, no podía ser de otra manera y además el difunto, que se quedó a trabajar en la pequeña tienda de Alcalá, vivía bastante relajado y los pocos beneficios que daba, descubrí que los robaba él.

Ocurrió que se habían agotado un tipo de carretes de fotografía en mi tienda y el pedido no llegaba hasta el día siguiente y decidí irme por la mañana con el difunto a su tienda para coger algunas unidades, que luego devolvería. Salimos del coche fuimos andando hasta la tienda; en la puerta había dos personas esperando que suponía que sería por algún trabajo de revelado. Cuando estábamos muy cerca, me di cuenta de que era un hombre desconocido y una mujer conocida, la dependienta de la pastelería que estaba justo al lado de nuestra tienda, donde compraba muy a menudo el pan. Al llegar justo a su altura el hombre saludó cortesmente  pero la mujer, una niña de diecisiete años, se paró en seco, cerró sus labios apretándolos y abriendo los ojos como cuando algo nos asusta. No cabía ninguna duda,  ya sabía lo que estaba pasando…